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La palabra de dios

Celebrar la palabra

 

 

 

 

 

 

 

José Luis Velarde

febrero 2014

 

Es un honor presentar La palabra de dios, colección de relatos de Guillermo Lavín, un autor con quien comparto muchos años de historia, promoción cultural, histeria, amor por la literatura y sobre todo amistad. Hoy reafirmo la propuesta jubilosa de Roberto Fernández Iglesias, un poeta toluco-panameño que hace muchos años estableció que los buenos escritores celebran la palabra cada vez que publican un libro.

Hoy es el caso.

Los cuentos que integran este ejemplar van de la fantasía a la ciencia ficción sin dejar de ser nuestros. Son universales, pero también son victorenses. Son los recuerdos y las fantasías de un niño nacido en una ciudad provinciana. Muestran el futuro cercano, pero la memoria empeñada en dibujar recuerdos se asocia con el pretervisor para ver el pasado. Ubico los relatos en ámbitos que me resultan familiares. No en vano Guillermo y yo nacimos en 1956 a dos calles de distancia. Fuimos amigos desde antes de ingresar al jardín de niños. Aún lo somos y eso ya es un milagro.

En ocasiones leemos la obra de autores con los que compartimos ideas, motivaciones, experiencias, pero pocas veces coinciden las vidas de dos escritores por más que hayan nacido en la misma ciudad y acudido a la misma escuela. Pocas veces los ámbitos de producción y recepción de la obra artística integran el mismo contexto. Soy testigo de la escritura de los relatos presentes en La palabra de dios, apenas se me escapa La vida es un invento, pero puedo decir que recuerdo las muchas veces que Guillermo perfiló esa historia en charlas interminables. Leo y reconozco personajes, como Teofilo José; el personaje de Llegar a la orilla que comparte nombre con un querido ex compañero de trabajo. Las nuevas lecturas aproximan escenarios y fantasmas desechados cuando Guillermo escribía en los escasos ratos libres que tuvo en la década de los noventa, porque si en otros países es posible vivir de escribir buenos libros, en México se suele escribir después del trabajo o entre las tantas obligaciones descubiertas al construir una familia y un refugio personal.

Escribir es un lujo, una terquedad; una embestida en el silencio, un grito que busca lectores en un país donde no abundan.

Hace mucho tiempo, en una galaxia remota, editábamos la revista A Quien Corresponda, la de los cinco premios nacionales, la de los dieciocho años reiterados como trabajo irrepetible, pero no todo fue trabajo, también conocimos jornadas donde honramos al ocio por culpa del desempleo. Alcanzaba para café y cigarros mientras construíamos suplementos culturales en el periódico El Gráfico y autores como Philip K. Dick, Borges, Asimov, Bradbury, Ballard, Kurt Vonnegut y Julio Cortázar, entre tantos otros, exhibían mundos admirados al instante. La tecnología no tardó en ofrecer computadoras personales. Disquettes de cinco pulgadas y un cuarto, pantalla en blanco y negro, sistema MS2 y modernidad que hoy resulta prehistórica. Entonces aparecieron los cienciaficcioneros.

Los ñeros transportados al futuro, los cienciaficcioñeros, como decía el maestro Gonzalo Martré, conformaban un entusiasta grupo de escritores mexicanos de tendencias modernistas como Guillermo. Eran tecnófilos o tecnópatas. Entre ellos destacaban Federico Schaffler, Mauricio-José Schwarz y Gerardo Porcayo. Paro de contar aunque se ofendan los no referidos aquí, pero bien saben a quiénes me refiero, además casi todos son buenos amigos.

Los cienciaficcioñeros aproximaron la revista del CONACYT, empeñada en publicar ciencia ficción y fantasía en un suplemento de calidad irreprochable. Ahí destacó Sueño inducido, un texto de Guillermo también presente en la serie antológica Más allá de lo imaginado, donde Federico Schaffler reúne a grandes autores nacionales. Otra aportación de los amigos tecnófilos fue la revista Axxón de Eduardo Carletti. Se trataba de la primera revista digital en castellano del mundo. Axxón se publicaba en diskettes de 3 y media con la diminuta capacidad de uno punto treinta y ocho megas más o menos. Ahí aparecía la convocatoria para el premio Más Allá, un concurso que reunía los mejores trabajos de ciencia ficción de la época. Guillermo participó de manera destacada y obtuvo reconocimientos fuera de nuestras fronteras.

Internet encerraba un futuro prometedor en los días en que uno atestiguaba el combate entre el Explorer y el Netscape navigator. No era autopista de la comunicación, era apenas camino, intermitente y pachorrudo, pero con el zumbar del módem telefónico fue posible contactar con comunidades de escritores ubicados en Argentina y en España. Llegaron nuevas publicaciones y un gran premio: El Certamen Alberto Magno de Fantasía Científica, convocado por la Universidad del País Vasco. Recuerdo la mañana en que Guillermo cerró el sobre. Recuerdo los días interminables sin recibir respuesta de un concurso citado por todos los conocidos como uno de los más difíciles en el género. Decían que muchos autores españoles connotados habían descubierto ahí su Waterloo personal; Lepanto, la Noche Triste.

Alguna vez Guillermo dijo que ya no tenía esperanzas, porque no llegaban noticias del País Vasco. No lo dijo una sola vez, elocuente como es, lo dijo un millón de veces, quizá dos, Queta lo sabe bien, pero al poco tiempo recibió la noticia de que por primera vez en la rancia tradición del certamen aparecía el nombre de un mexicano. El cuento premiado La palabra de dios, otorga nombre a esta edición del Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes que hoy celebro dentro de la Colección Agua Firme.

También celebro el tesón de Guillermo. No en balde escribió una novela mientas era alumno de secundaria. Hoy celebro que Guillermo se haya empeñado en ser escritor. También lo celebran amigos ínclitos como Roberto Arizmendi, Guillermo Samperio, Orlando Ortiz, Antonio Delgado, Héctor Carreto, guías que contribuyeron a formar al escritor que ahora acompaño. Sé también que José Luis Guevara, Carlos Illescas, Rafael Ramírez Heredia, Daniel Sada y don Edmundo Valadés lo celebran en el cielo.

Ojalá que sí.

Guillermo es un autor que tuvo a su alcance la tecnología y supo obtener provecho de ella para romper la maldición o paradigma, o maldita hipótesis, de que los buenos escritores son los que emigran al distrito federal.

Estamos aquí para celebrar La palabra de dios; un libro de relatos perteneciente a un autor capaz de buscarse a sí mismo en otros ámbitos hasta triunfar en España y Argentina, mientras era seleccionado para participar en una antología de la Universidad de Saint Paul, en Minesota y reflejarse en una Frontera de espejos rotos.

La palabra de dios se escribió en la década de los noventa para resumir el universo construido treinta años antes alrededor de la plaza del ocho. Aquellos días en que los niños se asomaban por las puertas abiertas del Cine Juárez para presenciar imágenes maravillosas. Éramos tan primitivos que ni siquiera teníamos televisión. Por fortuna llegó hasta 1968 y eso nos permitió crecer sin estorbos cibernéticos o nanotecnológicos, pues nuestro inventario sólo incluía bulbos de calentamiento lentísimo que hacían funcionar radiorreceptores instalados en la imaginación. Tuvimos bicicletas aguantadoras, patines de buen metal, balones de cuero, trompos de ébano, la impredescible corriente del río San Marcos y muchos amigos para acrecentar la bendita fantasía que hoy nos congrega para celebrar la palabra sin necesidad de pretervisor alguno, porque aún sobrevive la memoria. No sé por cuánto tiempo, pero aún podemos decir que recordamos y eso siempre será mágico.

Felicidades Guillermo. Felicidades Queta y gracias a todos ustedes por acompañarnos en esta tarde que no llovió. Gracias.

 

 

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Escritor mexicano


Ciudad Victoria, Tamaulipas. 1956. Fundador y coeditor de la revista A Quien Corresponda, ganadora en dos ocasiones del Premio Nacional Tierra Adentro (92-93, 93-94) y tres veces del Premio Nacional Edmundo Valadés (96-97, 98-99 y 99-2000).

Ha publicado Final de Cuento (cuentos); A seis años (política cultural en Tamaulipas); En el lomo del libro (ensayo).

Sus cuentos, crónicas, artículos y ensayos se han publicado en revistas de España, Argentina, USA y México.

Finalista en tres ocasiones del Concurso Nacional Kalpa, de cuento; finalista en el concurso de cuento Axxón, de Argentina; Finalista en el concurso de cuento Más allá, de Argentina; dos veces mención en el concurso nacional Puebla de Ciencia Ficción; Segundo Premio Alberto Magno, España 1999.

 Fue Secretario Técnico del Consejo Para la Cultura y las Artes de Tamaulipas 1992-1998. Ha realizado radio cultural, ha sido jurado en el Concurso Nacional de Cuento UABJO y en el Concurso Nacional de Novela Fuentes Mares.

 


Guillermo es colaborador distinguido de Literatura Virtual.


La palabra de dios

Guillermo Lavín

 

 

Edición del Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes

 

Colección Agua Firme

 

Primera edición 2013

 

ISBN: 978-607-8222-12-4

 

Cd. Victoria, Tamaulipas, México

Pp. 236

 


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José Luis Velarde
Nació en 1956, en Ciudad Victoria, Tamaulipas.

Coordinador de talleres literarios, promotor de actividades culturales y maestro en diversas instituciones públicas y privadas. Codirector de la revista literaria A Quien Corresponda en el período comprendido entre 1985 y el 2003.

 

En años recientes fungió como director de producción y operación en el Sistema Estatal Radio Tamaulipas; y director de Radio Universidad Autónoma de Tamaulipas.

 

Es un amante de la radiodifusión y el futbol llanero. Ha publicado en El Búho, Tierra Adentro, Letralia, El Cuento, Fronteras, Antología de Minificción Mexicana, Químicamente Impuro, Axxón, Breves no tan Breves, La Talacha , Proyecto Sherezada, Matérika, Escrituras mecánicas y muchos otros sitios reales y virtuales.

 

 

Autor de Ento; Deambulaciones; La crónica ignorada del hombre; En busca del Nuevo Santander; A Contracorriente y Nos quedamos sin nosotros. Participó en la antología Estación Central bis, de Editorial Ficticia en el 2010.

En el 2014 publicó en antologías como Futbol en breve; Microrrelatos de Jogo Bonito; y en  Minificcionistas de El Cuento, recopilada por Alfonso Pedraza para Editorial Ficticia. A estos logros se sumó la novela Contradanza presentada por Editorial Terracota.