Jesús Ademir Morales Rojas

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El instante de Dionisios y otras reflexiones

 

Jesús Ademir Morales Rojas

El héroe y el monstruo: el valor de pensar

Probablemente, en estos tiempos agitados, en los que todos tenemos tantos problemas ocasionados por la reciente crisis económica globalizada, te preguntes acerca de qué utilidad tendría el pensar  sobre el origen de las cosas, de la posibilidad de ser libre, o de la belleza de una pintura.

Eso incluso puede significar una pérdida de tiempo, el desperdicio de una oportunidad para obtener fuentes monetarias que te permitan sobrellevar esta difícil situación. Desde cierto punto de vista, dedicarse a un ejercicio aparentemente tan vano, no sería más que una manera de cerrar los ojos ante la realidad cotidiana, la verdadera, la tangible. 

No vale la pena, podrías concluir, con razón, ocuparse de esos menesteres inútiles que poco tienen que ver con la vida, con tú vida. Y sin embargo ¿realmente ya no tiene validez, una actitud filosófica ante el mundo, hoy día?

Analiza bien lo siguiente: la realidad no es más que lo que se dice acerca de ella. Habitamos un espacio de corrientes de información en pugna constante. Las cosas por supuesto que están allí, y nos relacionamos con ellas, somos con ellas. Pero el sentido que tengan para nosotros, como cosas en un específico contexto, determina totalmente nuestra concepción acerca de ellas. La crisis está, y se vive: pero siempre a través de lo que se comunica acerca de ella, de los eventos derivados de cierto fenómeno que viven también otras personas y que interpretan a su manera.

Tu lectura vital de ese fenómeno, comprendido por un gran número de personas como “crisis”, es tan válida y real como la que pueda tener cualquier otro habitante del planeta. Los acontecimientos que se suceden no lo hacen de una sola manera, siempre se manifiestan como una expresión de algo inabarcable al que solo puede uno acercarse parcialmente. La finitud es lo que nos torna humanos, es lo que nos limita; pero al mismo tiempo, nuestra más ilimitada fortaleza.

Piénsalo de esta manera: la realidad, esa misma de todos los días, que los economistas creen haber colmado con sus avatares bursátiles, en el fondo, en lo profundo, tal vez solo sea un espacio de mensajes infinitos, que únicamente por nuestra situación cultural, nuestro estar inscritos como participantes de cierto ámbito de relación comunicacional, creemos haber entendido y vivenciado en su totalidad. Pero basta pensar, por ejemplo, en la pintura de Gustave Moreau, “Hércules y la Hidra de Lerna” para visualizar que, esta existencia cotidiana, forjada de voces contrapuestas, que parece un monstruo de innumerables cabezas, es capaz de ser afrontada si se tiene la entereza suficiente para cuestionarlas todas, y construir un discurso propio, más allá de lo verdadero o falso, con la heroicidad de un Hércules, con la fuerza de pensamiento para asumir que no todo tiene que ser “forzosamente” razonable, ni útil, ni productivo. 
 

El monstruo- la realidad- tratará de acabar con nuestra voluntad de pensamiento, con la posibilidad de valorar nuestra interpretación que hagamos de él. Pero si perseveramos en la conciencia de los límites propios; con una plena confianza en nuestro pensamiento, basado, y no asumido simplemente, en el que expresen los demás, saldremos avantes y victoriosos internamente.

Atrévete a pensar los objetos de otra manera. Ten el valor de hacer valer las cosas no con relación a ningún tipo de cambio, sino por lo que ellas signifiquen para ti. Atrévete a filosofar: piénsalo. 


Atena y Hermes: el secreto del buen vivir

Es mentira que los dioses hayan muerto. El ritmo de vida de las sociedades contemporáneas nos hace pensar que es así, y que la cotidianidad solo puede ser vista como un ámbito de relaciones humanas vinculado a lo práctico. Pero lo cierto es que ciertas potencias vivificantes nunca han dejado de acompañarnos y de influir directamente en los eventos más relevantes que nos acontecen. Solo basta con tener una perspectiva plural de los fenómenos de la realidad, forjarse un punto de vista crítico e inspirado de los mensajes que circulan continuamente de un espacio a otro de nuestro entorno, y que lo estructuran, para poderlas revivir en la conciencia y vivir más conscientemente.

El pintor manierista Bartholomeus Spranger nos puede ilustrar en buena medida en como visualizar ciertos aspectos del existir, para poder recuperar ese encantamiento del mundo, que le retorne toda su fascinación original, su entera valía como crisol de prodigios. En una célebre representación pictórica de la autoría de Spranger se puede ver a las figuras de las  deidades antiguas, Atena y Hermes, la diosa de la sabiduría y el mensajero de los dioses, perfectamente ataviados y con los objetos simbólicos que los caracterizan: Hermes con su caduceo pacificador, el gallo y su gorro alado; Atena con su yelmo, su escudo y la admirable lechuza. La combinación de estas divinidades es un acierto por parte de Spranger. Pareciera expresarnos que la verdadera sabiduría se encuentra en la comunicación. Que la intelectual perspicacia del búho de Minerva es la única vía para permitirnos estar lúcidos y pendientes del arribo de una nueva aurora- una oportunidad de ser más- como el gallo de Mercurio. El secreto del buen vivir podría estribar en armarse de la inteligencia y el bien juicio, autónomo y abierto de Atena; y al mismo tiempo saber comunicarse como Hermes, es decir, orientar todas nuestras acciones, que en esencia son expresiones puras, hacia lo trascendente, hacia lo más alto: ser un mensajero de los dioses como Hermes, que lleva noticia de los eventos celestes a los humanos, pero también tener la sapiencia de Atena para ponderar todas las acciones de los hombres en su justa relevancia, como únicas, ilimitadas y bellas.

Así  que, la próxima vez que tengas alguna dificultad, no dudes en acudir por el apoyo de las deidades del mundo, quienes nunca han abandonado la realidad, sino que simplemente se han ocultado en ciertas regiones del interior personal, ciertos Olimpos del alma, para dignificar cuando tú lo requieras, la posibilidad de mejorar, pensándote como ellos, en la diversidad. 


La sabiduría del viajero

No se necesitan conocimientos enciclopédicos para ser un sabio; solo basta con inquirir acerca de la naturaleza de las cosas por medio de un sano escepticismo y una libre creatividad. Observa como los acontecimientos del mundo mudan segundo a segundo: se dice que todo se encuentra en una evolución constante, y aunque es discutible toda idea de progreso, es factible interpretar que todos los objetos denotan una transformación constante, de cara ante nuestro entendimiento. De tal modo que, si la naturaleza se encuentra en una diversificación activa, quien crea saberlo todo acerca de algo, por la cantidad de datos que pueda almacenar en la memoria, siempre se verá rebasado por la propia dinámica de la realidad. Por eso no basta aspirar a un conocimiento de tipo horizontal acerca de los seres, sino que además, una sabiduría de lo vertical, de lo hondo, de lo profundo, se requiere para tener una mejor comprensión de cualquier suceso que se lleve a cabo en el mundo. 

Ahora bien. ¿Cómo conviene acercarse a la vida para intentar pensarla de acuerdo a su actividad incesante? Tal vez el llamado Padre de la Historia, el gran Heródoto, nos pueda dar una referencia para responder a esta interrogante. Este sabio expone como nadie el valor de un talante abierto y plural para aproximarse a la esencia inasible de los eventos. Viajero incansable, Heródoto, en cada país que visita, se maravilla de todo lo que encuentra, y se interesa por el origen de lo que esta presenciando.

Y es, a base de preguntar a los posibles testigos del acontecimiento, investigando en todas las fuentes de información posibles y lo más importante, registrándolo todo sin distinción, así sea la versión más aceptada y simple de un caso, como la explicación más fantástica y maravillosa del mismo, como Heródoto puede al fin tener un panorama más esclarecedor acerca de la historia de un suceso.

Así  pues, como Heródoto, atrévete a maravillarte de todo lo que te rodea, imagina que lo estas descubriendo todo por vez primera: lo que observas no tiene una razón exclusiva para ser del modo en que lo experimentas, es decir, las cosas siempre pudieron haber sido de cualquier otra manera. Duda entonces de la explicación común para cualquier objeto, e inquiere de qué otra manera pudo haber llegado a tener, ese mismo objeto, el sentido que ofrece ante tu conciencia.

Sabio no es el que conoce mucho de la naturaleza, sino el que puede dudar de la simple apariencia de los objetos, y concebir por su propia cuenta una manera de pensarlos que incluya todas las posibles versiones de su natural manifestación. Ser sabio es crear para saber, y no tanto creer. 


Los límites del mundo

En la novela corta, del extraordinario escritor norteamericano Edgar Allan Poe, titulada “La narración de Arthur Gordon Pym”, tenemos una muestra acerca de que, sólo quien se ha aventurado a lo más recóndito de la experiencia humana puede darnos testimonio de los límites del mundo. Pero para ello se debe tener la entereza espiritual que nos capacite recorrer las simas de la racionalidad, sin dejarse ir en ello, tal y como lo realizó Poe, tortuosamente.

Arthur Gordon Pym es un alter ego del escritor bostoniano, una imagen suya que muestra mucho de cómo le hubiera gustado ser y actuar en la realidad fáctica para enfrentar sus problemas. La literatura y el arte, maneras privilegiadas para pensarnos en la alteridad, también son realidades a experimentar, y para llevar a cabo esa exploración acerca de los alcances del universo. 
 

En la trama de Arthur Gordon Pym un joven se embarca en una prodigiosa aventura marítima, que lo llevará a sufrir peripecias arriesgadas y hasta macabras, pero siempre fascinantes. Al final llegará a los bordes del planeta, en ciertas misteriosas regiones del polo Sur, y cuando parece que ya no puede tener una vivencia más, después de haber tenido tantas, surge una extraña aparición apenas comprensible, que rompe con toda la lógica de la historia, y que nos alude que el camino recorrido por Gordon Pym / Poe, no puede ir más allá, si no es en términos que superan la razón humana. Allende este límite, solo la poesía, los sueños o la locura pueden dar testimonio del enigma inmarcesible que nos contiene, y que permanece allí, contemplando la manera en que todas nuestras instauraciones y tentativas como seres existentes, al final siempre nos retornan a ese no fundamento que alude a una presencia indecible y escondida.

Dante fue otro de esos exploradores del ser, y en un episodio relatado acerca del último viaje de Ulises, en el Canto XXVI del Infierno, nos da una prefiguración de esta travesía que Poe también efectuó, y que otros muchos grandes artistas, científicos y pensadores han realizado a través de sus obras y su existencia interior.

Todos podemos aventurarnos, con estos guías extraordinarios, a conocer los límites del mundo, las fronteras de lo indecible, para intentar asomarnos más allá y comprobar que, quizá lo único que podríamos atisbar, sería nuestro propio ser pero de una manera absolutamente diferente a como podríamos haberla imaginado nunca: eso es el arte, y la existencia misma, tal vez solo una escala, en esta travesía desde y hacia los límites del mundo, que nunca dejamos de efectuar, con la primera y hasta la postrera luz que contemplamos en la vida. 
 


Epicteto: el valor de la educación

El pensador estoico Epicteto, en algún pasaje de su célebre “Manual”, considera que hay ciertos acontecimientos de la realidad que dependen enteramente de los afanes y empeños propios, como por ejemplo, nuestros juicios, perspectivas, pensamientos e incluso deseos. Pero también existen otras cosas que definitivamente escapan a todo control que pueda intentar aplicarse sobre ellas, como serían los procesos corporales, la imagen pública, la riqueza o el poder. A juicio de este filósofo griego, lo que está al alcance de nuestras capacidades, de nuestro control, es libre por naturaleza, y por lo mismo, no debe ser limitado ni coartado por ninguna injerencia exterior. En contraste, lo que no depende de nuestro arbitrio, no merece la pena, por ser un conjunto de aconteceres corruptos, guiado por intereses ajenos y mezquinos.

Epicteto, de acuerdo a lo anterior, recomienda alejarse de lo que no es enteramente propio, para evitar todo tipo de disturbio interior y una dolorosa pérdida de la integridad. A juicio del también autor de las “Máximas” la clave de la felicidad estriba en reconocer lo que nos pertenece y valorarlo a fondo.  

Hay que saber encontrar la dicha con lo que poseemos sin más. Todo lo que se ubica en el rango del esfuerzo personal, por lo tanto, vale la pena ser tratado de alcanzar, puesto que así se preserva la libertad de poder ser uno con las cosas y no dependientes de ellas, para nuestro propio existir.

Con referencia a esta noción tan estoica por parte de Epicteto, sería muy provechoso meditar acerca del valor de la educación. Puesto que si bien la llave de una vida satisfactoria depende del modo en el que pensemos las cosas, es decir, la visión del mundo que construimos de acuerdo a la valoración que hacemos de los objetos de la cotidianidad, entonces, es preciso tener la manera de poder pensarlas siempre diferentes e interesantes, gracias a una constante asimilación de conocimientos generales. Porque, ese estímulo de poder acercarse a ellas como si fuese la primera vez, nos obsequiará con un ambiente de fascinación propicio para adquirir sabiduría, y siempre dentro de la conciencia plena de nuestros propios límites ponderada por Epicteto.

De lo que se trata, es de conocer el mundo a través de la cultura y la educación, con todas las fuerzas del alma, para luego reconocer que, si bien no todo lo que pasa en él nos pertenece, nosotros, sí que podemos sentir nuestra vinculación con el ser entero del mundo: Epicteto, desde cierto sentido, nos invita a recordarnos como verdaderos hermanos del cosmos. 


El instante de Dionisos

 Es posible que tu navegador no permita visualizar esta imagen.Muchos consideran que el primer Nietzsche es el más valioso. En sus consideraciones acerca del origen de la tragedia se conserva una visión general del mundo que conmueve y persuade por su honda intensidad.

De acuerdo a Nietzsche, las deidades griegas de Apolo y Dionisos, figuras muy ligadas al arte, dan la impresión de ser altamente antagónicas, dentro del marco del mundo helénico, por ejemplo, contempladas en la apolínea escultura en contraposición a la dionisiaca música. Estas dos potencias espirituales se incentivan mutuamente la mayor parte de las veces, generando una dialéctica creadora, en un rasgo muy hegeliano de este primer Nietzsche, que será desechado en años posteriores.

Sin embargo, lo que no cambiará en el talante filosófico de este pensador alemán, será la perspectiva de la vivencia filosófico-mística producida por un acercamiento estético a la condición humana. 
 

Y así, Nietzsche expresa que, superando el principio individuador con el que nos pensamos en relación a nuestro entorno, es decir, cuando acercamos nuestra veta apolínea y la dejamos partir a la embriaguez dionisiaca de una subjetividad liberada, se tiene una vivencia singular, bella y transformadora.

En ese estado alternativo de conciencia se renueva la alianza entre los humanos con la naturaleza. Dionisos se manifiesta en una celebración de pluralidad y fecundidad: los animales hablan y la tierra produce leche y miel. La humanidad percibe su propia esencia de misterio divino, que no tiene otro referente más que la infinitud. El hombre transita de ser un artista a la más prodigiosa obra de arte.

Nada hay de extraordinario en estas manifestaciones: el mundo es tal cual, y sus apariencias representativas son las mismas y están regidas bajo las usuales categorías. Sin embargo, ha sucedido algo extraordinario, nuestra conciencia fenoménica, la sabiduría de Apolo, se reconoce, cuando percibe el corazón secreto del mundo, como Dionisos.

Cuando ambas potencias se reconcilian, la realidad, sin dejar de manifestarse como siempre lo ha venido haciendo, se muestra a los humanos como el primero de una serie de velos, que ocultan siempre un precioso núcleo de radiante misterio. La última cortina es la de la propia personalidad. Cuando por fin se corre esta última frontera es cuando se da el arribo de lo inefable, y todo puede expresarse sin necesidad de decir nada.

La deidad se mira en el espejo por unos instantes y se descubre en la diversidad. Un breve recuerdo, una nueva eternidad, y pronto el perenne retorno del olvido vital, la condición de ser de lo humano. 
 

 Copyright © Jesús Ademir Morales Rojas. Todos los derechos reservados.


Escritor mexicano


Jesús Ademir Morales Rojas nació en la Ciudad de México en 1973. Cursó estudios de Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Además, es diplomado en Historia del Arte por la Universidad del Claustro de Sor Juana y en Museología (mención honorífica) por parte del Museo del Carmen, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y el Instituto Nacional de Antropología e Historia. Ha colaborado en diversas publicaciones literarias virtuales como Crítica, Destiempos, AXXÓN y Literatura Virtual.

Ha participado en varias redes de blogs orientadas a la cultura y la educación. Actualmente forma parte del equipo de redactores de la red Hoyreka!" y del proyecto de creación de contenidos Coguan, cuyo fundador y Director General es el Dr. Carlos Bravo.

Jesús Ademir es administrador de redes sociales y gestiona cuentas de los blogs Hoyreka y es el responsable del área de social media en la firma TratoHecho.com

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Otras colaboraciones suyas incluyen la redacción de artículos para la productora argentina especializada en contenidos online Bee!

 


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Ademir convoca imágenes reflejadas en espejos infinitos en la serie de narraciones reunidas bajo el título Hipnerotomaqia. Surgen ahí personajes, fantasmas y monstruos cotidianos para protagonizar sueños interminables donde cambian de aspecto, tanto como las palabras del narrador que las retuerce hasta sacar nuevos significados de los signos convencionales.

Todos los que han soñado saben que la percepción se altera para mostrar realidades imposibles. Los tiempos se confunden y el futuro deja de ser consecuencia del pasado. Hay un orden propuesto por el autor, para adentrarse en estas ocho lecturas, aunque bien sepa que es imposible establecer normas que precisen una estrategia de lectura.

Así que invito al amable lector a conocer cualquiera de las partes que integran esta obra.

 José Luis Velarde

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