Jesús Ademir Morales Rojas

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Ecos del mundo antiguo

Pequeñas biografías de grandes hombres

 

Jesús Ademir Morales

 

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Idomeneo

Este adalid cretense se hizo célebre en todo el orbe por sus bélicas hazañas. Sus guerreros atavíos manifestaban la personalidad avasallante que lo distinguía: yelmo con colmillos de jabalí, escudo con la figura de un gallo. Su temeridad era ilimitada: luchó por el cadáver de Patroclo, se ofreció para enfrentar al gran Héctor, triunfó como púgil en los juegos fúnebres en honor a Aquiles. Y sin embargo este espíritu feroz, tal vez perdió la contienda más importante de todas. Al volver al hogar tras el saqueo de Troya, su flota se vio acometida por un tifón descomunal. Idomeneo cohibido, prometió a Poseidón sacrificar, por un regreso salvo a Creta, lo primero que se le presentase a la vista la retornar al hogar. Tal ser fue su hijo, que ilusionado por la vuelta del padre, lo había ido a recibir al puerto. Idomeneo, el siempre triunfador, cumplió con la palabra empeñada muy a su pesar. ¿Qué aconteció aquí? ¿Una victoria más a su palmarés intachable, o la más aciaga derrota del campeón que no pudo imponerse en el desafío definitivo ante su máximo rival: superarse a sí mismo a través de la piedad y el amor filial?
La respuesta quizá no tenga importancia.

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Pigmalión

¿Cómo no ver en esta inolvidable figura una conmovedora representación del artista y su sentimiento? Desconfiado de las mujeres, incapaz de soportar despecho alguno, Pigmalión acudió a su talento para esculpir una fémina de mármol, una escultura de la diosa Afrodita. Le prodigaba todo tipo de ternuras: dormía con ella, le tocaba, le susurraba palabras de amor. Compadecida la diosa, una noche, y esto es descrito por Ovidio de un modo delicioso y gráfico, transformó paulatinamente la obra del enamorado, al ritmo de sus caricias anhelantes, en una joven hermosa: Galatea, con la que vivió muy feliz. Así entonces el artista es capaz de dar vida, su vida, a través de la inspiración y el deseo fervoroso de expresarse. Pero de igual modo, la historia de Pigmalión bien podría ilustrar la fascinación enfermiza de Occidente por su desarrollo tecnológico que le ha valido elaborarse un mundo particular que poco a poco va dejando de ser suyo y vital. Como si fuese un grotesco Pigmalión, que superando a Narciso, habiendo recibido el valioso obsequio de la diosa, lo rechazara airado, y se forjara otra consorte de mármol para abrazarla en la soledad y el silencio.

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Nictimene

La bella Nictimene era hija de Epopeo, rey de Lesbos. En una ocasión nefasta, Epopeo se enamoró de la núbil princesa. Una versión del mito asegura que ella en un principio consintió en mantener las prohibidas relaciones, empero posteriormente, avergonzada de su proceder, se ocultó en un espeso bosque. Al percatarse de su honda pesadumbre, Atenea se llenó de clemencia y la transformó en lechuza, criatura que huye de la luz y sólo sale en el refugio de la oscuridad. Otra versión citada por Higinio, relata que por el contrario, Nictimene se resistió a los furiosos deseos del padre, quien no obstante la defensa desesperada, habiendo saciado su deseo, le quitó la vida para luego suicidarse. De igual manera la desdichada es convertida en el ave de la noche.
¿Cuál versión del mito es la que debemos aceptar?
Posiblemente la respuesta la tenga el incesante quejido de la lechuza entre las sombras de la floresta tupida y solitaria, pero tal vez también la tenga la permanente mirada de los ojos enormes y aterrados de Nictimene, que a lo mejor nos quiera decir silenciosa y angustiada, que el dolor por la desgracia ajena no requiere razones ni antecedentes, sino más bien precisa ser manifestado misericordiosamente, brindando unos brazos bien abiertos y unos ojos bien cerrados
 

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Enone

El corazón femenino es un enigma.

Cada latido tiene un motivo, cada estremecimiento una finalidad cifrada.

Es un vértice en donde se congregan todo tipo de ansiedades, apetitos y esperanzas. El ritmo de su deseo tiene un recóndito código, confidencial e intrincado:
ni el Teseo más avezado podría adentrarse fácilmente en sus meandros complejos, con el fin de hacerse de los ocultos designios de sus amorosos afanes.

Sirva como testimonio de lo anterior la triste desventura de Enone.
Paris de Troya se enamoró de esta ninfa muy joven, siendo pastor en las laderas del monte Ida. Se unieron ardorosamente y de este vínculo Enone tuvo un hijo, el pequeño Corito. Al enterarse del proyectado rapto de Paris a Helena, la presagiante ninfa advirtió al príncipe troyano que no llevase a cabo tan temeraria empresa, pero fueron sus ruegos por demás ineficaces para persuadirlo. Finalmente Enone sumisa, le suplicó que acudiese a ella si acaso fuese herido en combate, pues nadie más que ella sería capaz de curarle.

Cuando a la postre fue herido de muerte por una flecha de Filoctetes, Paris retornó presuroso y afligido al monte Ida implorando a Enone que le curase, pero la ninfa despechada por el cruel abandono, se negó rotundamente. Así entonces, Paris murió. Algunas versiones del fatídico mito agregan que más tarde, arrepentida de su proceder, fue en pos del agonizante. Al descubrirlo muerto ya, ciertos escritores antiguos detallan que se ahorcó presa del remordimiento, otros que se precipitó en la pira funeraria de Paris.

De cualquier manera obsérvese un detalle importante:

Enone tenía el don de vaticinar el porvenir, ella supo de su infausto destino desde el primer acercamiento con Paris: aparentó felicidad aún sabiendo de su adversa fortuna futura; se mostró afligida ante la partida cruel aún sabiendo que Paris retornaría vencido y suplicante; demostró dolor ante la defunción irremediable, cuando en el fondo quizás ella lo que procuró desde un inicio fue precisamente poner a salvo a su amante para luego reunirse con él, más allá de la muerte, en las sombras seguras del Hades, para por fin sin caretas, sin secretos, ni interferencias, dedicarse a una contemplación mutua, fría pero sin perturbaciones, anodina más imperecedera.

Porque el corazón femenino es un enigma.

Y cada latido tiene un motivo y cada estremecimiento una finalidad cifrada.
 

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Hipocrene

Pegaso fue un espléndido caballo alado que perteneció al héroe Belerofonte, quien se sirvió de él para matar a Quimera y derrotar a las Amazonas. Entusiasmado por estas hazañas Belerofonte forzó el vuelo de Pegaso para alcanzar al Olimpo. Zeus enfurecido provocó molestia en el divinal rocín que, encabritado, derribó a Belerofonte arrojándolo al vacío. De igual manera, la razón humana mal encauzada, sin que la contenga límite alguno, en vez de servirse de sus potencialidades para adentrarse con admiración y un venerar expreso al infinito enigmático que nos configura y trasciende, muy por el contrario, utiliza al mundo en su totalidad para idolatrarse, engullendo su entorno desaforada, con el turbio afán de serlo todo a través de un grosero pragmatismo y la sempiterna violencia, siguiendo una recta trayectoria a la autoconsumición .Y sin embargo, es posible que el brío del caballo celestial nos conduzca de igual manera a la otra cara de la moneda: durante el certamen entre las Musas y las Piéridas, el monte Helicón literalmente se hinchó de plácemes, motivo por el cual a punto estuvo de perturbar las olímpicas alturas. Neptuno entonces envió a Pegaso contra la cima impertinente. El rocín golpeó la montaña con sus cascos y la impelió así a retornar a sus dimensiones habituales. Justo en el paraje tocado por el divino animal brotó la fuente cristalina Hipocrene. Las Musas se reunían a su alrededor para felices cantar y entregarse a la danza. Por lo tanto, los favores del caballo alado no tienen porque ser forzados de ninguna manera posible, basta con acercarse amorosamente a las Musas, y con alegría dócil, beber del manantial de ensueños del Monte Helicón que se erige en la omnipresente región de la humana fantasía, para acceder así, a través de la intuición, del arte, y los sentimientos, al poder transmutarse en expresión pura, e indiferenciarse con el oleaje, siempre en cíclico movimiento, del eterno mar del ser.
 

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Dido

Hija de Muto, rey de Tiro y hermana de Pigmalión, desposó a Siqueo, sacerdote de Heracles. Al morir el monarca, Pigmalión lo sucedió. Ansiando éste hacerse con los bienes de Siqueo dispuso su ejecución. Después, en sueños, el difunto consorte advirtió a Dido de estar en riesgo de ser la próxima víctima del homicida rey. Acompañada de un séquito numeroso la princesa abandonó Tiro. Se estableció entonces en África, y con tan buena fortuna y prosperidad creciente, que pudo fundar la ciudad de Cartago. Su rápido progreso provocó la envidia de Jarbas, rey de Getulia, que exigió a Dido en casamiento a cambio de la no destrucción de Cartago. Dido se opuso rotundamente a la voluntad de Jarbas durante largo tiempo, hasta que decidió al fin, inmolarse en las llamas de una pira humeante. Virgilio, romano estudioso de la mitología griega, aprovechó esta tradición para relatar en la “Eneida”; como, al arribar azarosamente el héroe troyano Eneas a Cartago, Dido se enamoró por completo de él.

Celoso, Jarbas solicitó a Júpiter alejara de una vez al inoportuno extranjero. Eneas se liberó entonces de los pasionales ruegos de Dido por no dejarle partir y gobernar juntos la populosa urbe. Porque el deseo de la futura fundación de Roma pudo más en el alma de Eneas. Cuando el héroe partió a Italia, Dido, con el corazón destrozado, se suicidó.

La triste historia de Dido es como una flor de múltiples aromas, en donde cada uno aspira una esencia distinta pero al mismo tiempo poseedora del mismo trágico matiz.

En esta nota se propone imaginar que Virgilio ha mentido.

No hubo ningún extranjero gallardo y cautivador que arribara a Cartago. No hubo seducción alguna, ni auxilio de Cupido para entrelazar a los amantes: no se dio el tierno y erótico momento en una cueva solitaria en una tarde de cacerías y de tormenta. Nadie partió de Cartago dejándole desesperada con una ilusión perdida. Nadie. Porque tal vez Eneas sólo ha sido un sueño de la Dido acosada y sola, de la reina agobiada, de la mujer ambicionada, del ser humano hundido en la más absoluta impotencia. Y así por lo consiguiente, Eneas, Roma, la “Eneida”, Virgilio, la historia posterior de Occidente y tal vez hasta nosotros mismos hoy día, no seamos más que una ilusión de amor que Dido permitió dejar fluir libre y sin control alguno, como un acto de amor incondicional y entrega completa al ser ideal que consuela, y da vida, aún al quitarla. Sin duda, cuando Jarbas ya cercaba Cartago, cuando tenía casi a la mujer deseada en su poder, mientras Dido decidía mejor entregarse a las caricias dolorosas del fuego, tuvo entonces el bello sueño de un príncipe llamado a fundar una ciudad tan relevante que a la postre transformaría un mundo, y tanto amor le inspiró ese ser precioso nacido de sus más caros anhelos, que hasta fue capaz de permitirle volar por su cuenta, para fraguar su glorioso destino.

Quizás durante su último suspiro, cobijada ya en las cenizas tibias, Dido imaginó encontrarse a su amado, peregrino por el Inframundo. Allí, en donde un Eneas lleno de remordimientos trató de excusarse ante ella por renunciar a su pequeño mundo de ambos, lleno de amor y pasión, por otro material y enorme de fama imperecedera. El silencio conmovedor de Dido, ese silencio de despecho, de dolor, de rencor sin medida, ese silencioso alejarse hacia las sombras y a la silueta difusa de un equívoco Siqueo fantasmal, más bien podría ser, ese silencio, un ronco y mudo sollozo de renuncia y entrega amorosa sin medida.

Un amargo y dulce sacrificio.

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Laertes

Abrumado por la nostalgia, permanecía el anciano Laertes, padre de Ulises, en la soleada Ítaca. Así lo halló el héroe astuto tras volver de su fenomenal travesía y habiéndose ya vengado de los pretendientes de la fiel Penélope. Ante la triste figura del viejo, Ulises se llenó de ternura pero no obstante, decidió hablarle disfrazado para observar las reacciones del venerable señor. Al sondear su pena, interrogándolo acerca del hijo ausente, comprobó su dolorosa melancolía. No pudiendo soportar el incógnito por más tiempo, Ulises reveló a al padre su verdadera faz. Laertes, incrédulo al principio, desconfiado de esperanzas rotas, se emocionó luego al punto del desvanecimiento, lo reanimó entonces Ulises, que con un abrazo fuerte y sentido selló la valía del inolvidable reencuentro. Poco después hallamos a Laertes, junto a Ulises y su hijo Telémaco, enfrentando al desafío de los familiares de los pretendientes de Penélope, muertos por el ajusticiador esposo. Es un momento crucial, el destino de Ítaca podría depender del resultado de este combate. A punto de iniciar las bélicas acciones, Ulises insta a su vástago a comprometerse hasta el límite por obtener el triunfo. Telémaco así lo hace, agregando que honrará sin menoscabo a su linaje legendario.

Laertes, al escuchar a su nieto, y al ver a su hijo dispuesto a la muerte bravía, se colma de orgullo y satisfacción. Proclama entonces su júbilo a los cuatro vientos y a continuación, sucede lo inesperado: el senil patriarca se insulfa de valor y decide él mismo iniciar la batalla, al arrojar su lanza a las filas contrarias, con tal decisión, que perforando el casco del valiente Eupites, fulminó de inmediato al formidable adversario.

Contagiados por su bravura pronto Ulises y Telémaco obtuvieron la victoria.

Homero señala que Atenea presenció toda la escena muy complacida, y que además fue ella la que inspiró a Laertes a mostrar esa heroicidad notable en el combate acaecido.

Pero quizá sea más noble alejarnos aquí de Homero, en este último detalle, e imaginar que Atenea no hizo sino atestiguar la singular hazaña de un héroe excepcional, que sin necesidad de viajes increíbles o de terminar con monstruos terribles, fue capaz de superar su propio ser por un instante supremo y alejarse del declive natural de la vida humana, para obtener la gloria de una existencia larga y memorable en el recuerdo de las personas que más amó.

Sí. El anciano padre Laertes.

El Héroe de la Odisea.
 

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Proteo
(Homenaje a Maurice Blanchot y a Giorgio Colli)

Esta divinidad del mar cuidaba de un grupo de focas propiedad de Posidón.

Una vez Menelao, adalid griego, luego de rendir Troya, quedó varado cerca de donde moraba Proteo. Incapaz de movilizar su flota, y urgido ya de realizarlo, Menelao atendió el consejo de la ninfa Idótea acerca de consultar la solución al problema con su padre Proteo. Pero ella advirtió que era menester tomar desprevenido al divino anciano para forzarlo a hablar, puesto que comúnmente, se oponía a contestar las interrogantes de los mortales.

Y así entonces, los griegos lograron colarse en el rebaño de Proteo y aguardaron a la postre el tiempo de la siesta del astuto dios.

A continuación le sometieron entre todos, inclusive aún cuando la divinidad se transformó paulatinamente en león, serpiente, pantera, agua y árbol. A final de cuentas Menelao y los suyos triunfaron y Proteo les cedió la información deseada: sorprendentes vaticinios.

Es posible visualizar aquí una pequeña interpretación de la vivencia creativa, visualizándola como un desarrollo, ante todo, cognoscitivo. La ganancia de un conocimiento trascendental. La hoja en blanco sería aquí por lo consiguiente, el silencio de la divinidad, que aunque sorprendida por nuestros discursos no se expresa tal cual es; no responde a lo que buscamos en el fondo. Es preciso entonces dejarse llevar por la inspiración y mostrar inventiva para poder engañar al dios, colmar el vacío de la hoja, y mediante estrategias diversas y talentosas obtener la respuesta apetecida, la obra planeada de antemano. Al final veremos que nos hacemos con una multiplicidad de respuestas, pues la divinidad asume diferentes formas cuando es solicitado en su saber secreto. Pero cuando el artista es perseverante, cuando afina los sentidos más allá de la pluralidad de las manifestaciones: colores, temas, formas, en la obtención del secreto del mundo resguardado por el dios, entonces así, triunfa en sus creaciones, obteniendo un conocimiento inédito de la realidad. Y cada que logramos capturar a la inquieta criatura de silencios, obtenemos tal saber primordial, siempre diferente y siempre imprevisible: permanentemente impregnado de enigma y de misterio.
 

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Pandora

Cuentan que Zeus, furioso por haberle sido sustraído el fuego y otorgado a los hombres por obra del titán Prometeo, en venganza, decidió forjar a la primera mujer: Pandora.

Ordenó entonces a Heféto que con arcilla elaborara una figura similar a la de las diosas. La indumentaria de la misma correría a cuenta de las Horas. Afrodita, por su parte, le concedió su belleza, y finalmente, Hermes, le otorgó astucia y volubilidad a su carácter. Luego de esto Zeus brindó un soplo de vida al nuevo ser y lo envió como presente a Epimeteo (el célebre hermano de éste, Prometeo, le había prohibido expresamente aceptar regalo alguno de Zeus).

Sin embargo Epimeteo, cautivado por la belleza de Pandora la tomó por esposa.
Ahora bien, Hesiodo relata que Prometeo había logrado encerrar todos los males del mundo en una vasija, a fin de auxiliar a los mortales.

Pero entonces Pandora, curiosa, pasando por alto la solicitud expresa de su esposo acerca de no tocar la vasija funesta, decidió abrirla por atisbar su contenido.

Todos los males del mundo quedaron libres en ese momento, y se fueron dispersando de nueva cuenta a todos los ámbitos de la tierra.

Conturbada por las consecuencias de su acción, Pandora se justificó clamando que, a pesar de todo, en el fondo del recipiente aún quedaba la esperanza. Otra versión del mito asegura que lo que escapó fueron todas las bondades de la realidad, fugándose al Olimpo que se las apropió por completo, aunque también aquí, en esta variante, Pandora asegura que la esperanza había quedado a salvo dentro de la vasija.

Sin tomar partido por ninguna de las versiones, es deseable sí, hacerlo a favor de Pandora.
Imaginemos la escena: probablemente al inicio, tras enterarse del alarmante suceso, Epimeteo montaría en cólera, después buscaría ansioso esa esperanza en el oscuro fondo de la vasija. Luego sin duda habría mirado interrogante y asorado a Pandora, más seguramente, al contemplar el precioso rostro anhelante y el cuerpo sinuoso y firme de la muchacha, estremecido de expectación, probablemente sí, Epimeteo haya sonreído, comprendiendo ya, y le haya dado la razón a Pandora. Entonces seguramente arrojaría a cualquier parte la vasija vacía, y se haya ido presto a disfrutar del amor apasionado, y de la vida, con su joven esposa.
 

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Aquiles

Cuando Ulises desciende al Hades, y ve a Aquiles penando su infausta suerte, uno no puede dejar de percibir, y lamentar, una cierta traición hacia él, por parte de Homero, en la triste confesión que le hace expresar al héroe, ante Ulises inquisidor. Pues el Pélida, habiendo preferido antes una vida gloriosa y breve, a una común y dilatada; ahora, en la desolación del Inframundo, se muestra según Homero, totalmente arrepentido, y en consecuencia, desearía verse ya vivo, aún y ocupando, el lugar del esclavo del más cruel de los amos. Pero, ¿en realidad Aquiles hubiera podido ostentar tal pensamiento? Si revisamos la trayectoria perfecta de su figura heroica, desde su concepción e infancia insólitas, su alumnado con el centauro Quirón, sus bélicas hazañas, sus amores y pasiones, y su trágico fin, a manos del astuto Paris flechador; entonces, el añadido de La Odisea, con referencia a un supuesto arrepentimiento y negación de su ser y su sino, divinal y trágico, en realidad, no tiene cabida. Porque por otra parte, si comparamos su sólida figura, con la de Homero mismo, quien no fue sino un simple aeda, un sencillo juglar, diversión de poderosos; un ciego errante y menesteroso; un creador cuya existencia misma ha sido puesta en duda, a la postre, como una mera creación cultural, y sólo eso; si analizamos todo esto con detenimiento preciso, veremos claramente a quién le era en realidad más añorable, menos perennidad gloriosa, aún literaria, y más (y mucha) simple, dulce vida plena. Nada más.
 

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Eneas

Eneas logró derrotar a todo y a todos, excepto a su destino magno. Cuando sentía miedo, el valor divino le impulsaba a seguir combatiendo; si sus seres queridos corrían peligro, el deber le obligaba a desentenderse de ellos y proseguir su marcha; si en los brazos de Dido, halló la felicidad humana, la llamada de Italia le conminó a abandonar a la tierna princesa, aún a sabiendas de las nefastas consecuencias, que a la enamorada le acarrearía. En el Inframundo mismo, en su visita, ni sombra, ni lamento, ni espanto alguno(a pesar de su corazón aterrado) pudieron detener la marcha impelida, por la demanda imperiosa de la Roma futura. Y al final, si, la historia del gran Imperio fue grandiosa y vasta; luego llegó Jesús y el mundo prosiguió con sus derroteros. ¿Y Eneas qué? ( Quizá entonces a Dante, se le olvidó mencionar en su Comedia inmensa, que a su paso por el Limbo, allí donde los grandes nombres de la Antigüedad padecen su marasmo infinito, aunque noble, la sombra de Eneas, el hombre, al contemplar a Virgilio, irradió un odio inmenso, y silencioso.)
 

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Ulises

En Ulises presenciamos el singular acontecimiento del hombre común, que las circunstancias arrojan al heroísmo forzoso. Él no posee facultades sobrehumanas, ni ascendencias divinas que lo sobrepongan y protejan, ante los riesgos de sus travesías. Y más aún, y con relación a esto, es posible constatar que su triunfo máximo, su verdadera hazaña, pudo nunca haber sido lograda. Imagínese el prodigioso retorno al hogar del Itacense y sus nautas. Su dulce pero obligada permanencia en la isla de Circe. La batalla con el cíclope Polifemo. El descenso al Hades, la furia de Helio y el combate con los insidiosos pretendientes de Penélope. Imagínese, que todo esto tal vez no haya sido más que un preámbulo, una preparación hecha obsequio, de aventuras exóticas y fantasía grande, de experiencias insólitas y mágicas, para un hombre común como Ulises. Un simple mortal, a fin de cuentas. Porque, una vez vivido esto, y triunfado en ello, ¿Cómo es posible identificar como un premio, el retomar la vida plácida y segura, en los brazos de Penélope y el sol de Ítaca? Tal vez Dante tuvo razón, y la verdadera odisea de Ulises comenzó, sólo al final de la homérica.(Justo cuando el hombre Ulises, volvió a la recta senda, que volvió sinuosa de extravíos, Ulises el héroe)

(Y podemos imaginar también, una mañana de silencio marino, cuando Ulises despierta de su fantástico sueño de guerras, viajes y aventuras, y se percata una vez más, como de costumbre, que en su cama vacía al alba, sólo le acompaña la tela que le cubre incipientemente; esa misma que se ocupa de tejer Penélope, cada noche, mientras aguarda a que él se duerma, para poder fugarse a los brazos de uno de sus tantos pretendientes, que como ella, busca escapar del tedio de la isla calurosa).

 

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Escritor mexicano


Jesús Ademir Morales Rojas nació en la Ciudad de México en 1973. Cursó estudios de Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Además, es diplomado en Historia del Arte por la Universidad del Claustro de Sor Juana y en Museología (mención honorífica) por parte del Museo del Carmen, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y el Instituto Nacional de Antropología e Historia. Ha colaborado en diversas publicaciones literarias virtuales como Crítica, Destiempos, AXXÓN y Literatura Virtual.

Ha participado en varias redes de blogs orientadas a la cultura y la educación. Actualmente forma parte del equipo de redactores de la red Hoyreka!" y del proyecto de creación de contenidos Coguan, cuyo fundador y Director General es el Dr. Carlos Bravo.

Jesús Ademir es administrador de redes sociales y gestiona cuentas de los blogs Hoyreka y es el responsable del área de social media en la firma TratoHecho.com

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Otras colaboraciones suyas incluyen la redacción de artículos para la productora argentina especializada en contenidos online Bee!


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Ademir convoca imágenes reflejadas en espejos infinitos en la serie de narraciones reunidas bajo el título Hipnerotomaqia. Surgen ahí personajes, fantasmas y monstruos cotidianos para protagonizar sueños interminables donde cambian de aspecto, tanto como las palabras del narrador que las retuerce hasta sacar nuevos significados de los signos convencionales.

Todos los que han soñado saben que la percepción se altera para mostrar realidades imposibles. Los tiempos se confunden y el futuro deja de ser consecuencia del pasado. Hay un orden propuesto por el autor, para adentrarse en estas ocho lecturas, aunque bien sepa que es imposible establecer normas que precisen una estrategia de lectura.

Así que invito al amable lector a conocer cualquiera de las partes que integran esta obra.

 José Luis Velarde

Hipnerotomaquia